La ópera no nace de improviso, sino que germina en un caldo de cultivo en el que ya se conocían otras formas de escenificar la música, como el misterio medieval (que al convertirse en oratorio pierde su carácter escénico). Con la ópera nace una especie de paganismo lírico al que se aplica el nuevo concepto de “drama en música”. La ópera es también un golpe de aire fresco en el asfixiante entramado polifónico que tejen Palestrina y sus contemporáneos en contrapuntos góticos y densos. Otros antecedentes de músicas dramatizadas son los ballets flamencos del siglo XV, que se dotaban de escenografías y vestuarios especiais, y que luego darían el paso a los fastuosos espectáculos de la Francia del Rey Sol. En 1637 el romano Ferrari abre en Venecia el Teatro San Cassiano, que será el primer teatro de ópera público y para cuya inauguración se estrenó la ópera Andrómeda de Francesco Manelli. En 1678 le sigue el Teatro Grimani junto a San Juan Crisóstomo, en el que ya se aprecian los elementos arquitectónicos característicos de los teatros de ópera de todo el mundo: palcos para la aristrocracia, patio de butacas para el público general, un foso orquestal, un escenario y unos laterais decorados. Las dimensiones de las salas variaban, pero algunas llegaban a tener un aforo para mil personas.