Los compositores italianos del siglo XVIII cultivaron con la misma naturalidad la ópera y la música sacra. Si la cantata italiana se parecía cada vez más a una ópera de concierto, la ópera acabaría convirtiéndose en una espacie de cantata escenificada. La producción operística creció hasta límites insospechados, renovando con cada representación el interés por un género del que no existía un repertorio a repetir en varias ciudades (como sucedió en los inicios de la ópera), ya que los teatros se empeñaban en montar nuevas producciones. De ahí que se valorara sobremanera a aquellos compositores capaces de crear tres o cuatro óperas por año. Para ello se valían de argucias como la utilización de músicas compuestas anteriormente a las que dotaban de un nuevo texto. La armonización era mínima, la polifonía casi no existía y abundaba la improvisación de última hora, aunque siempre resaltando el bel canto de divos y divas. Incluso los textos fueron banalizados. A pesar de su decadencia, la ópera italiana conquistó Europa.
La orquesta
. Durante el barroco surge la primera formación instrumental autónoma amplia, la orquesta. Hasta entonces los autores sólo especificaban la tesitura de la parte, que podía ser interpretada por los instrumentos de que se dispusiese. Pero, a partir del siglo XVII los creadores comienzan a ser conscientes de las posibilidades sonoras y de timbre que les otorgan los distintos instrumentos y sus combinaciones. Praetorius denominaría a su conjunto “coro instrumental”, mientras que Lully dirige una “sinfonía” y Mattheson adopta el término “ orquesta” en 1713, aplicándolo al grupo instrumental. La orquesta barroca, predecesora de la sinfónica de siglos siguientes, acogió en su seno a varios conjuntos instrumentales característicos, como las trompetas, trompas, los oboes, los trombones y los consorts.