Por su parte, los compositores franceses preferían oponer al conjunto orquestal un pequeño trio de vientos, que perduraría en el tercer movimiento (scherzo) de la sinfonía clásica. El contraste entre ambas agrupaciones puede compararse con el choque de luces y sombras de la pintura del barroco, y musicalmente deriva también de los coros contrapuestos de la iglesia de San Marcos de Venecia, que oirían los contrapuntos dinámicos de los Gabrielli. Esta contraposición llevará primero al establecimiento de una especie de terrazas sonoras de distintas intensidades, a modo de preguntas y respuestas entre el concertino y el ripieno, para más adelante abstraerse en la oposición de temas musicales que conforma la sonata, base de las principales formas instrumentales clásicas. Si la textura básica del Renacimiento era la polifonía de voces independientes, en el Barroco los compositores intentan abandonar esta práctica por el canto monódico acompañado, recogiendo la herencia de algunas formas antiguas olvidadas como las cantilenas del siglo XIV. La nueva textura posee una única línea melódica y un bajo que asume un papel fundamental como base del despliegue armónico. Para ello, la línea de la voz grave se confiaba a un instrumento o grupo de instrumentos llamado continuo, que ejecutaba una serie de acordes pautados por las cifras del bajo, a la que se podía sumar la viola de gamba o el fagot interpretando la melodía del bajo.