Pero no fueron estas las únicas naciones que sucumbieron al encanto del arte lírico. El drama musical pronto cruzaría el canal de la Mancha y adquiriría carta de ciudadanía en las islas británicas, al igual que se expandiría hacia occidente por España y más tarde a las colonias americanas, y de los países nórdicos pasaría a conquistar los lejanos teatros rusos. Nunca un estilo musical había alcanzado tal grado de popularidad. Y nunca un género dramático había suscitado tanto interés por adoptar un lenguaje vernáculo tanto en idioma como en símbolos históricos. Desde entonces, no hay nación que no tenga una ópera que recoja su epopeya y características particulares a través de unos personajes de zuna mitológica o real, transformados en una conjunción de artes concurrentes en el escenario: poesía, música, teatro, esceneografía, vestuarios, danza, historia y fantasía.