Sin embargo, los abundantes y excelentes ejemplos de este género en la escuela vienesa, especialmente en la obra de Beethoven, frenaron en cierta medida toda aproximación a unas formas consagradas en obras maestras. El brillo virtuosista reemplazó en muchos casos a la belleza de la estructura y la armonía del conjunto. Así, surgen en esa época intérpretes magistrales que dan un nuevo impulso a la composición para  lucimiento del solista, bien en sonatas a dúo con el piano acompañando, bien en formaciones tradicionales como el cuarteto de cuerdas, o en pequeños conjuntos de instrumentistas, en los que se conjugan el arco y los vientos. Intérpretes y compositores de gran talento técnico, como Niccolo Paganini, conquistan la escena musical europea.

Primeras óperas románticas: La supremacía del medio sinfónico y el piano desdibujó en principio la continuidad operística. Entre los últimos clásicos y los primeros románticos encontramos un cierto vacío teatral, con contadas excepciones, como el Fidelio de Beethoven, y la casi total ausencia de obras de este tipo en los catálogos de Schubert, Mendelssohn y Brahms. Pero ello no significa la decadencia del género, sino que éste es practicado por compositores especializados en la musicalización de dramas. Las óperas románticas son más elaboradas que sus antecesoras y se espera de ellas que permanezcan en cartel más tiempo. El romanticismo operístico  comenzaría con Cherubini y Spontini (ambos discípulos de Gluck), abriendo una senda que culminaría en el corpus dramático wagneriano.