La gran historia de la música es reconquistada por los pueblos y naciones, gestándose un principio de expresión universal a través de los sonidos y los cantos. Además de la música italiana, la francesa y la alemana surgen aportaciones que provienen del Centro y Este de Europa, de las gélidas tierras escandinavas y aún de lejanos paraísos perdidos en Oriente o en el mágico Sur. Chopin utiliza su arrolladora pasión romántica para dar alas al patriotismo polaco, mientras Smetana universaliza el amor al terruño de su Chequia o Grieg dibuja los fiordos de su Noruega. La música emprende una expedición sin retorno en busca de los genes melódicos y rítmicos de las identidades sociales.