Siglo XX: El siglo XX se caracteriza por sus revoluciones sociales y también por el cambio que supone en todos los parámetros estéticos y artísticos. La ruptura con la tradición histórica de la música es radical y pasa por distintos momentos en los que amplía su repertorio con la yuxtaposición de elementos paralelos(distintas tonalidades, compases o tipos rítmicos simultáneos), las citas textuales (collages), las repeticiones (minimalismo), hasta descartar toda referencia al tonalismo tradicional, a través del atonalismo, dodecafonismo, serialismo integral, trabajando con matgeriales reelaborados (música concreta, objetos sonoros o creados de una nueva síntesis (música electrónica, digital). La música se desestructura a través del azar (música aleatoria) y la fusión con otras artes (música teatral y gestual). En definitiva, se trata de llevar al terreno sonoro los experimentos y teorías utopistas y revolucionarias que tratan de amoldar la producción estética a un mundo en ebullición. Nunca antes se había visto tal proliferación de escuelas, tal eclectismo y confusión.
Expresionismo: El expresionismo nace en Alemania. Se caracteriza por los contrastes y el apasionamiento jugando en los límites del inconsciente. Este período destaca asimismo por su aplicación a las artes de las teoría psicologistas cuya capital es la misma Viena que se asombra de los descubrimientos de Sigmund  Freíd y se escandaliza con los sonidos de la escuela de Schoenberg. La nueva música ya no busca el equilibrio, sino lo contrario. De las raíces del wagnerismo y el postromanticismo, surge una nueva orientación que acabará desguazando los elementos tradicionales, bien por el ímpetu anárquico del atonalismo, bien a través de un lenguaje que inventa su propia estructura: el dodecafonismo. La palabra expresionismo, como antes el impresionismo, se utilizó en primera instancia para describir una corriente pictórica. El expresionismo es subjetivo por definición y por lo tanto está emparentado con el romanticismo, aunque difiere en los medios. Su temática principal son los conflictos, ansiedades, temores y otros impulsos irracionales del ser humano.
Futurismo: El siglo XX eclosiona con nuevos conceptos que ponen en tela de juicio todo lo aceptado hasta entonces. Una de las consecuencias de este cuestionamiento es la diferenciación que la música hace entre el sonido y el ruido. Las frecuencia irregulares de este último fenómeno acústico sólo se incorporan al lenguaje musical como ilustración programática (por ejemplo, los cañones de la Obertura 1812 de Chaikovski) o simbólica ( el redoble de la caja, que augura guerra). Muchos compositores del nuevo siglo, hipnotizados por la magia de las máquinas, encuentran su inspiración en un búsqueda tímbrica más amplia, que abarca desde las melodías de timbres de Schoenberg, a la interpretación en los límites instrumentales normales (por ejemplo, en La Consagración de la Primavera de Stravinski), pasando por agigantar la sección de percusión. Otros, animados por una filosofía nihilista y de tintes fascistas, se adhieren a un Manifiesto futurista, para el que el rugido de un motor es más bello que la Victoria de Samotracia.
Influencia Étnica: La musicología comparada aún tiene que responder si existen o no arquetipos en la música. La variedad de expresiones musicales en los pueblos del planeta plantea una serie de incógnitas por desvelar. En principio, sabemos que todas las culturas tienen alguna  otra forma de expresión musical. Más allá de este planteamiento, parece existir un consenso respecto al ritmo y el pulso, seguramente derivados de la propia experiencia sensorial que se da durante el proceso de la gestación humana. También está muy extendida la noción de la equivalencia de octava, que hace que una misma melodía pueda ser interpretada en distintos registros por hombres, mujeres o niños. Pero las similitudes se extienden y alcanzan incluso a ciertas características interválicas, como la escala pentatónica (de cinco notas separadas por tono o tono y medio), cuyo ámbito abarca desde la China milenaria, a África, América, Europa o Australia. Parece sorprendente que podamos encontrar rasgos comunes en sitios tan alejados e inconexos como Escocia, Rusia o Brasil.


 
El Jazz: El jazz es una de las música populares que alcanza mayor difusión internacional, dispersándose por todo el mundo e incluso entrando en el cerrado mundo de la música clásica. Sus orígenes son afroamericanos y se desarrolla a partir de formas más primitivas y rurales como el blues y los spirituales. Su irrupción a gran escala tiene lugar acabada la guerra civil norteamericana, cuando las bandas militares del Sur derrotado abandonan entre sus pertrechos los instrumentos de viento y percusión que llevaban al combate. Los primeros géneros instrumentales, como el ragtime, son refinados y hacen uso del piano, siendo su principal exponente el compositor Scout Joplin. Más tarde, Joe King Oliver crearía su Creole Jazz Band y surgirían maestros de la talla del trombonista Edgard Kid Ory o el trompetista Louis Amstrong, que alcanzaría fama mundial. Estos creadores cultivarían especialmente el género instrumental del stomp y darían soporte a cantantes de blues de la talla de Ma Rainey o Veis Smith.
 
Orientalismo: El exotismo del siglo XIX tuvo una particular proyección en el siglo siguiente, que sucumbió primero a la llamada afroamericana del jazz, para después admirar y aprender de otras culturas musicales evolucionadas como las de la India, China, Japón, o Corea. La llamada del Lejano Oriente estaba presente desde Puccini, que incluso incorporaba instrumentos originales asiáticos en sus orquestaciones. La Exposición Universal trajo al París de Debussy los extraños sonidos del gamelán del sudeste asiático, que lo sedujeron. También la compañía de los ballets rusos de Diaghilev exploté ese favor por lo oriental a través de varias producciones y Albert Rousell compuso una ópera-ballet de inspiración hindú, Padmâvati. Lo que hasta entonces no era sino una mera inspiración sin fundamentos científicos, comenzó a adquirir mayor valor con los estudios de campo de musicólogos-compositores como el norteamericano Colin PCPE que pasó varios años en Bali y transmitió esos conocimientos a gente como John Cage.
Retorno a la clásico: En los años que preceden al estallido de la Gran Guerra, el romanticismo conquista sus últimas cimas con las gigantecas fuerzas puestas en marcha por Mahler en su Octava sinfonía y Schoenberg en sus Gurrelieder. El estilo comienza a sonar demasiado bombástico y su emocionalismo deviene sentimentalismo. Esa sensación lleva a muchos compositores a reaccionar retornando a la simpleza de ideas del clasicismo. El siglo XVIII sirve de espejo donde los músicos del XX buscan su inspiración y la objetividad de un lenguaje musical más puro. El cambio comienza a gestarse en Francia y luego se extenderá por toda Europa, siendo una de sus primeras y principales figuras el reconvertido Stravinski que decide abandonar la vía de la alegoría folclórica. Stravinski descubre esta afición después de escuchar la versión coreografiada que Diaghilev prepara para sus Ballets Rusos de la música de Domenico Scarlatti, creando más tarde un ballet inspirado en Pergolesi y en la escuela napolitana del XVIII, Pulcinella.
Experimentalismo: La música del siglo XX también se caracterizó por un afán experimentalista, que pretendía revisar desde cero sus postulados básicos. En el ambiente crítico de principios de una nueva era, se proponen nuevas maneras que han de impactar en el concepto mismo de la música. Hay quienes incluso diseñan automatismos de creación y análisis musical que, supuestamente, habrían de proporcionar una nueva fórmula creativa. También se experimenta con nuevos sonidos, producidos no ya por los medios instrumentales tradicionales, sino descubriéndolos en la naturaleza, en las nuevas fuerzas de la electricidad y la electrónica, así como en vestigios de tiempos olvidados. Personajes tan al margen de las corrientes musicales en boga como el norteamericano Charles Ives, conciben fantasías sonoras sólo realizables casi cien años después. Es en Estados Unidos, aunque no únicamente allí, donde este movimiento encontraría un terreno más fértil para la experimentación, especialmente a partir de la obra de Varèse, Cowell, Partch y Cage.
 

 

 

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